Francesc Bujosa :: Pàgina oficial :: Última Hora. 18/06/01

 

Cándido y Maria Isabel Ballester

la influencia del Renacimiento



En la galería Matthias Kühn de la calle Sol de Palma exponen sus obras Cándido Ballester Sastre y María Isabel Ballester Espil. El primero cuelga sus lienzos en la parte interior y la segunda muestra sus esculturas en el jardín, donde la naturaleza se muestra ahora, en este mes de junio, esplendorosa. Las bouganvillas y el rumor del agua acompañan a unas esculturas rotundas. Cándido Ballester es un pintor bien conocido en nuestra ciudad, donde nació en 1926 y a la cual regresó después de permanecer largo tiempo en la República Argentina. María Isabel Ballester nació, por contra, en Buenos Aires el 1960 y, desde 1979, reside en nuestra isla. Tras lo dicho el lector habrá adivinado que el pintor y la escultura no son personas sin conexión, sino que son padre e hija. Los críticos han subrayado que algunas otras cosas a parte del parentesco unen a Cándido y María Isabel. La mas notable es la que los dos pueden ser encuadrados en lo que se llaman el expresionismo figurativo y en escoger la figura humana como motivo u objetivo principal de su labor artística. No seré yo quien negué tan obvias opinión. Pienso, sin embargo, que no son estos los únicos puntos en común. Hay otro y, en mi opinión, reside básicamente en el influjo que los presupuestos renacentistas ejercen sobre su visión de la realidad de los dos artistas. ¿Por qué digo esto? Intentaré explicarlo.


El Renacimiento supuso ante todo un nuevo acercamiento a la realidad. Se querían ver las cosas directamente, sin intermediarios, sin interpretaciones y sin escolástica. La realidad tal cual. Para saber como era el cuerpo del hombre había un método que a partir de entonces se consideró imprescindible: hacer disección. No se trataba de hacer solo anatomía, sino fijar sobre un papel lo que se había observado. La intención era que de esta imagen pudiera ser pasada a una plancha para que se pudieran hacer centenares de copias. Para hacer un grabado los mejor es hacer previamente un dibujo y por eso el dibujo se convirtió en un medio —en el medio preferido— de exploración de la realidad. ¿Recuerdan ustedes los dibujos de Leonardo? ¿Recuerdan aquellos interiores del cuerpo humano? Si los recuerdan deducirán fácilmente que son interiores de cadáveres: los vivos se resisten a ser objeto de disección. Digo esto que parece tan obvio para argumentar que los rostros del renacimiento tiene la perfección y la inmutabilidad que tienen los rostros humanos cuando están sobre la mesa de disección.


En la pintura de Cándido Ballester se puede notar este influjo del dibujo renacentista y de estos rostros humanos perfectos, inexpresivos, lejanos e inescrutables como lo eran los de Leonardo y los de Miguel Ángel. Son personajes que tienen un indudable hieratismo y que des de esta situación de cadáveres necesitan jugar esta especie de teatro que es la vida. Actores lejanos y enigmáticos de una comedia cuyo argumento presenta tantas incógnitas como la psicología sofisticada de estos personajes. Seres amenazados y amenazadores; humanos y artificiales, distantes y cercanos, representados y representantes.


En la escultura de María Isabel Ballester, se combinan y se funden materiales como la escayola, la propia tela, el hierro, pero fundamentalmente el cemento e incluso el hormigón. Los rostros que María Isabel ha conseguido elaborar son también renacentistas porque los renacentistas supieron que lo que daba la fisionomía permanente era la estructura ósea de la cara. Las esculturas reflejan esta base sólida que dan las estructuras óseas bien sedimentadas o bien encimentadas. Seres que parecen gozar de eternidad o, cuanto menos de inmutabilidad. Su dureza —de cemento— no oculta, sin embargo, su humanidad, y el espectador siente que tiene muchas cosas en común con aquellos seres que tras su dureza esconden sentimientos tiernos.


En algunas de las esculturas de María Isabel aparecen caballos. En una, dos seres humanos se abrazan sobre el dorso de un caballo y en otro el ser humana es como una protuberancia que sale de la grupa del equino. No sé si estas figuras tienen relación con la colaboración que los seres humanos y los équidos necesitan establecer para crear el espectáculo circense. No lo sé. Pero yo prefiero otra escultura de María Isabel. Es la que representa un jinete que está arqueado y casi suspendido sobre el cuello de un hijo del viento. Es la manera de montar que tiene los jockeys modernos. Dicen que para hacerlo bien el jinete tiene que poder oler el perfume a heno y paja que se desprende del cuello del bruto. Huyendo del peligro que suponen los puestos de cola y buscando la gloria que espera al que cruce primero la meta. He podido comprobar que no soy el único al que le ha gustado esta estatua ecuestre que ha sido adquirida por un sagaz observador. Le envidio.